Leo en “El País Semanal” (12 de octubre de 2008) un reportaje titulado “Papá, dame un respiro”. Se hace eco de la obra de Carl Honoré, “Bajo presión”, editado recientemente por RBA.

Algunas frases me parecen muy interesantes y altamente reveladoras para aclarar ideas en nuestra profesión de maestros. Hay algunas otras referidas a los padres, pero renuncio a citarlas por miedo a encontrar excusas perfectas para la inactividad, el hacer reaccionario o el “pasotismo” que demasiado a menudo nos atenaza.

Veamos lo que ha sucedido con la educación. Los niños reciben cada vez más pronto clases particulares y hacen evaluaciones una y otra vez con el fin de que las notas sean más importantes que el aprendizaje en sí mismo.

Este párrafo encierra, en mi opinión, toda una teoría del aprendizaje. Y, al mismo tiempo, una crítica del absurdo sistema educativo que padecemos, en el que no importa aprender, sino saber sortear exámenes para olvidarnos rápidamente de lo memorizado, que no de lo aprendido.

Avanzo en la lectura y destaco, evidentemente, lo que me interesa. ¿Hay algún lector que no lo haga?:

La realidad es que los niños necesitan tiempo y espacio para explorar el mundo por sí mismos (previamente, viene hablando del control extremo al que sometemos a nuestros hijos y alumnos): así es como aprenden a pensar, a imaginar y a tener relaciones; a tomar gusto por las cosas; a saber qué quieren ser en lugar de ser lo que nosotros queremos que sean. Cuando los adultos controlan al milímetro la infancia de los niños, éstos pierden todo lo que da satisfacción y sentido a la vida: pequeñas aventuras, disfrutar del sentimiento anárquico, viajes secretos, juegos, contratiempos, momentos de soledad e incluso de aburrimiento. Sus vidas se convierten en  extrañamente sosas,  sin logros personales y en cierta medida aburridas y artificiales. Pierden la libertar de ser ellos mismos y lo saben. “Soy el gran proyecto de mis padres”, dice Ana Placente, una niña de 13 años de Madrid. “Incluso cuando estoy a su lado, hablan de mí en tercera persona”.

La idea se comenta por sí misma. Nada que añadir.

Y, a modo de final feliz, un intento de salida para los despropósitos mencionados:

La buena noticia es que el cambio ya se está produciendo. En Europa, Asia y América, la gente está haciendo cosas para cambiar la situación, para dar a los niños más libertad, para permitirles ser niños de nuevo. Los colegios están poniendo freno a la obsesión de hacer exámenes y reducen los trabajos que tienen que hacer en casa -se han dado cuenta de que los alumnos reflexionan, estudian por sí mismos y aprenden mejor cuando tienen más tiempo para relajarse-. Hace poco tiempo, el colegio Cargilfield, un centro privado de Escocia, prohibió los deberes a los alumnos entre 13 y 15 años. En un año, las notas de los exámenes de matemáticas y ciencias, mejoraron un 20%. Los niños también tienen más tiempo para disfrutar y jugar. “Es mucho mejor que se diviertan cuando son pequeños y no dediquen el día a hacer deberes”, dice John Elder, director de Cargilfield. Toronto se ha convertido este año en la primera ciudad de Canadá y América del Norte en suprimir por completo los deberes a los niños de cualquier edad.

Aunque pueda parecer lo contrario, tales ideas no son en absoluto revolucionarias. Las llevo oyendo desde hace 35 años. Sin embargo, jamás las he visto en la práctica. Creo que dejaré de ser maestro y moriré sin poder verlas. La Iglesia y la Educación van algunos siglos por detrás de la vida. Así les va (y nos va).

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